Grullas de Papel


Desde que era una niña, la luz del crepúsculo ha tenido un fuerte impacto en mí. Mi madre, solía contarme que a la corta edad de 3 años, siempre exactamente a la misma hora, corría emocionada hacia el balcón del segundo piso de aquella casa en la que viví durante mi infancia, solo para poder observar cómo los últimos rayos de sol se ocultaban entre las montañas, dando paso a Selene y su bello astro nocturno.

Me podía quedar horas enteras observando el cielo, siguiendo el paso del sol, embelesada por el bello resplandor ambarino que alumbraba todo a su paso y que me llenaba de un júbilo tan puro, que solo siendo una tierna infante me daba lujo de sentir y disfrutar.

Pero como todo aquello que nos marca y distingue de entre todo lo demás, tenía un motivo especial por el cual perseguía tan incesante la caída de la estrella más grande y brillante del firmamento y me aferraba con fuerza al atardecer. Ese aquello que me hizo ser una niña diferente, fue el hecho que precedía al atardecer, era ese momento mágico que anunciaba la llegada del anochecer. Tal cual una lluvia fresca de verano anunciaba un precioso arco iris, o el olor a flor recién abierta gritaba la llegada de la primavera.

Porque, así como una niña muy curiosa, yo amaba el momento en que las estrellas alumbraban y mi madre, con su adorable sonrisa y su moño para dormir, me acunaba en sus brazos para dejarme libre entre los brazos de Morfeo. El sueño, era mi anhelo más grande, la razón por la que me levantaba, era solo para poder recostarme en mi cama de nuevo. Durante el día, y a pesar de mi corta edad, me mostraba tranquila y obediente, esperando serena por el paso del ocaso y mi bien merecida recompensa, el privilegio de poder visitar mi habitación de nuevo y encontrarme con aquello que hacía de mis noches una maravilla. El curioso móvil de grullas magentas que colgaban sobre mi cama.

Todas las noches, después de que mi madre me diera su bendición y me dedicara unas cuantas palabras de aliento, mi padre, entraba a mi habitación y me leía unos cuentos cortos de su propia invención, y sin que yo pudiera explicarlo, las grullas de origami que colgaban de la cabecera de mi cama comenzaban a aletear dichosamente mientras una melodía acompañaba las palabras de mi padre.

Esa era la magia nocturna que me mantenía expectante ante la llegada del anochecer.

Los cuentos escritos a puño y letra en viejas servilletas y bolsas de papel que mi padre me dedicaba cada noche, eras las historias más maravillosas que alguna vez pude haber escuchado. Su imaginación era tal, que entre los centenares de cuentos que llegue a oír jamás hubo dos iguales, ni siquiera similares entre sí. Para mi mala suerte, a pesar de que recuerdo cada segundo de aquellas noches que pasaba hipnotizada ante mi colgante de grullas, no tengo recuerdos claros sobre los cuentos, apenas unos cuantos parrafillos que se escabulleron en mi memoria y que no haces, ni juntándolos- una historia completa.

Pero aquello era otra cuestión.

Aun después de que dormía, en mis sueños, seguía preguntándome cómo era posible que se movieran los pajaritos de papel. Y gracias a ello, en mi tierna mente jamás existió pesadilla alguna que me arruinara la noche, el curioso móvil de origami me cuidaba y juro que jamás me sentí tan segura  y en paz como en aquellos momentos.

Pero como no se puede ser una bebe toda la vida, cuando mi madre decidió que era el momento exacto de hacer la transición para que yo abandonara mi pequeña cama y cambiara a una de "niña grande" –típico de aquellas pequeñas mentirillas que soltaban nuestros padres cuando hacían algo que sabían, nos molestaría- lloré a mares puesto que pude ver como aquel corpulento hombre; un simple empleado de la mueblería, a quien me dirigí como el villano; se llevaba para siempre mi tierna cama de  princesas y dejaba en su lugar una enorme caja con piezas de arce, lista para armar. Y también llevándose con él, mi pequeño móvil y todos mis sueños.

Claro, estas palabras plasman aquellos sentimientos infantiles, ese profundo dolor que creí sentir fue una sencilla exageración. Esa misma noche cuando mi cama estaba ya armada y lista, mi padre llegó a mi habitación con un bello regalo. Era una caja forrada en papel decorativo en color purpura, con un bello moño de listón azulado coronando el centro.

Aun con mi carita de puchero y mis mejillas sonrosadas por las enormes lagrimas que me negaba a dejar de derramar, abrí la caja desganada –presionada por la carita rogona de mi progenitor- y me encontré con algo, que si bien no sería nunca tan bueno como las grullas, llenó el vacío instantáneamente.

Dentro había algo parecido a un móvil. Eran varias figurinas de arcilla blanca seca con forma de lechuzas y búhos, hechas todas a mano y pintadas de una manera tan artesanal y sublime, que no tuve de otra más que olvidarme de mis aves de papel y darle toda mi atención a aquellos nuevos colguijes que me habían obsequiado.

-Lamento lo de tu colgante, ya estaban algo viejo y tu madre yo pensamos en que era hora de un pequeño cambio ¿te gusta?

Sonreí fuertemente y asentí con la cabeza, eso también lo hizo feliz a él.

En ese preciso instante mi padre corrió por las escaleras y se dispuso instalar mi nuevo trasto en el techo, que finalmente; se veía igual de especial al otro. Y para mi sorpresa, aquella rígida pieza de cerámica, comenzó a volar sobre mi justo antes de que mis ojos se cerraran y yo me pusiera a dormir.

Las lechuzas eran grises y aunque pequeñas; estaban algo pesadas, eran completamente inarticuladas y se sujetaban del techo con un grueso listón de satén. Para mí, era algo imposible explicar cómo era que durante las noches parecían volar por todo mi techo aleteando y gorjeando tan alegremente como si fueran aves reales.

Claro que llegué a cuestionárselo frecuentemente, casi siempre que lo veía intentaba sacarle información sobre aquel curioso factor, a lo que él sonreía y siempre, con su voz tan amena decía.

"Lo sabrás cuando seas más grande"

Y; aunque jamás me rendí, deje de preguntarle en el momento cuando cumplí 16 años y me vi obligada a despedirme de el en su lecho de muerte. Aquel melancólico momento en el que yacía sobre la vieja cama de hospital, agonizando ante una enfermedad en extremo mortal más conservando su apacible sonrisa. Ese fatídico momento en el que se alejó de mi vida, para siempre.

Esa noche las aves dejaron de moverse.

Aunque siempre me mostré tranquila ante este hecho –supongo que después de verlo sufrir dos años enteros en horribles y desgastadores tratamientos, como que ya había empezado a hacerme la idea de su partida- una parte de mí sufrió en silencio por las noches desde entonces. Desgraciadamente, mi madre no lo tomó tan a bien como me hubiera gustado. Ella sufrió mucho más que yo.

Una de las dos bebía de ser fuerte, y en este caso, me toco ser aquella que mantuviera la alegría, cosa que mi madre jamás dejo de agradecerme. Le recordaba cada día que nos teníamos a nosotras y que con un poco más de esfuerzo, ni notaríamos su ausencia.

De poco sirvió todo mi esfuerzo, ya que un par de años más adelante, y justo cuando yo trabajaba y prácticamente me podía mantener sola, ella sin tener más cargas que sostener, se dejó llevar por la depresión y sin más, ella también murió.

Así que con el alma completamente gastada, tome mis cosas, los búhos colgantes y algunos objetos de mis padres y me marche de aquella casa. Envolví las figuras en periódico y las guarde en una caja en el armario de suministros de mi nuevo apartamento, prometiéndome a mí misma que tal vez, algún día pudiera necesitarlas de nuevo.

Quise recuperar algunos escritos de mi padre, pero por alguna razón que hasta la fecha desconozco, el hizo desaparecer cada una de sus historias y no me dejó ningún recuerdo de esas noches más que los colgantes y una grulla de papel que tenía guardada en su escritorio.

Así que un día de determinación –tal vez ociosidad o sencilla curiosidad- me encerré en mi  habitación y con todo el dolor de mi corazón desdoble aquel trozo de papel color salmón tratando de encontrar algún truco que la hiciera volar. Para mi decepción. Ante mi encontré solo una gastada hoja de papel bond y la mitad de mis esperanzas rotas.

Pero con todavía un pequeño soplo de estas, corrí a mi armario y saque de este las 8 figuras de cerámica y tome la más ordinaria –porque ninguna era fea- y me decidí a descubrir sus posibles secretos. La arcilla estaba maciza y un poco gastada, así que después de un minucioso examen físico exterior, y convencerme a mí misma que aquel ave no tenía nada,   me arme de valor y con mucho trabajo partí en dos la figura y tal como sospeche –que no quisiera que pasara, no significaba que no lo sospechara- era una pieza en su totalidad hueca.

Con el desencanto invadiendo mi mente, guarde las lechuzas restantes y trate de olvidarme de ellas un buen rato. El más grande misterio –algunos lo llamaban obsesión- de mi vida, estaba por fin concluyendo y no tenía el desenlace esperado.

Así que en un intento de continuar con mi vida, tome una libreta reciclada y un bolígrafo fuente que guarde desde el día de mi graduación de la universidad de Astronomía y comencé a escribir, tratando de retomar el pasatiempo de mi padre que tanta satisfacción me dio cuando niña. Empecé redactando cuentos cortos, ligeros de no más de 6 cuartillas y sin darme cuenta, al cabo de un par de años ya tenía el último capítulo de mi primer novela.

Claro, que al igual que mi padre jamás tuve pretensiones de más y deje todo aquellos textos guardados en una caja dentro de mi armario, esperando el momento adecuado para sacarlos y hacer uso correcto de ellos.

Que llegó, casi sin sorpresa, cuando mi primer hija que ya entendía lo que escuchaba, pedía cuantos para dormir y yo, harta hasta la coronilla de las típicas historias de princesas en peligro, brujas malvadas y caballeros de brillantes armaduras, me dispuse a desempolvar aquella caja guardada en el ático de la casa que compre después de casarme y junto con ella, la caja que contenía las viejas aves de arcilla para darles el uso adecuado, me pareció inadecuado conservarlas en un cajón teniendo en cuenta el arduo trabajo que mi padre imprimió en ellas.

Y así, mi pequeña de ojos avellana, tuvo su primera noche de cuento.

Y como si la historia estuviera dispuesta a repetirse, mi niña comenzó a pedirme más cuentos como aquel mientras me contaba sobre el fabuloso colgante que le había regalado.

Hasta que un día, muy emocionada me gritó eufórica, que la noche anterior pudo observar claramente como las lechuzas y los búhos cobraban vida y comenzaban a arrullarla mágicamente, como si hubiesen sido reales desde siempre.

Me preguntó cómo era posible.

Y hasta entonces capte la respuesta.

 Mi padre jamás mencionó haberlas visto moverse, y tal vez jamás habría reparado en ellas si yo no lo hubiera mencionado.

Después de eso, cada noche mientras le leía miraba furtivamente hacia el techo esperando ver algún cambio de posición, más nunca pude apreciar uno lo completamente significativo como para adjudicarle vida a un simple objeto, sin embargo, mi bebe perjuraba verlas volar por el techo de su pequeña habitación.

Y así, mi obsesión por encontrar la respuesta a aquellas dudas, el dolor ante las muertes y la amargura que todo adulto trae consigo fueron disipándose lentamente. La sonrisa y felicidad de mi hija formaban un sol suficientemente grande como para eclipsar cualquier otra sensación oscura que pudiera embargar mi corazón.

Fueron meses hasta los que recobre mi entera alegría e inocencia, al lado de mi hija y mi esposo.

Y ahora, juraría que antes de apagar la luz siempre, puedo escuchar claramente los cantos de unas lechuzas.

Tal vez siempre se movieron, tal vez no, no lo sé. Tal vez, solo nos hace falta un poco de inocencia dentro de nosotros para recobrar la magia y darle vida a nuestra imaginación.

De lo que estoy segura, es que ahora cuando mi hija me pregunta por qué las aves se mueven solo le respondo:

"Lo sabrás cuando seas grande"

Y siendo mi hija, estoy segura que algún día lo entenderá.

Thalia D'alto

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