Podredumbre
Eran
las cuatro y algo de la mañana cuando me desperté por quinta vez en aquella
noche.
El olor nauseabundo que rodeaba
el ambiente era tan fuerte que me sacudió de la cama y me dejó sentada al
borde, conteniendo lágrimas en los ojos y vómito en la boca. Giré a mi
alrededor nerviosa y no vi nada fuera de lo ordinario.
Nunca
había nada fuera de lo ordinario.
Temblorosa
tomé mis sábanas y las restregué fuerte contra mi rostro, seguían oliendo igual
que la tarde anterior cuando paranoica lave todos los textiles de la casa y los
bañé desesperada en varios productos de fragancias persistentes con la
esperanza de que aquel hedor se fuera. Mi almohada, mi edredón y demás prendas
que vestían mi habitación aún mantenían el fresco aroma a “dulce primavera” que
había electo horas antes.
No
había nada en mi habitación que me causara nauseas, pero sabía que apenas mi
cabeza volviera a reposar dispuesta a dormir, el olor regresaría a sofocarme. Pero
si así tenía que ser, así sería. No dormiría otra noche. Igualmente faltaba
poco para que mi despertador sonara y me avisara que mi hora de trabajo se
acercaba, así que le resté importancia y me quede ahí, sentada en mi cama lo
que quedaba de la madrugada dormitando y
dejándome llevar entre divagaciones y pensamientos horrorizados.
Como
los días anteriores todo se repetía, el fétido aroma llego en ráfagas mientras
me duchaba, cuando preparaba mi café y cuando trataba de leer un poco en la
sala antes de dormir, ya hasta me estaba acostumbrando, sin embargo nunca pude
reprimir el impulso de olisquear como un can a mis alrededores buscando el
origen de mis molestias, que por supuesto no existía.
Cada
día era menos pesado a decir verdad, aprendí a ignorarlo cada vez más, era
fácil ya que era la única que podía notarlo, igualmente no era cómodo pero nada
iba a alejarme de aquella casa. Se lo dije a mi hermanita cuanto leyeron el
testamento de mis padres, yo no iba a dejar el lugar donde crecí.
El
hedor me recordaba tanto a ella, igual de sofocante y absurdo.
Todo
era culpa de ella, estaba segura. Pero no lo iba a lograr, no iba a echarme de
aquí. No estoy segura de cómo lo conseguía, pero aún en su estado lograba
sacarme de quicio. Justo como en el funeral de mis padres, ella quería
controlarlo todo, siempre le dejaba, era preferible que las cosas se hicieran a
su manera muy a pesar de que no estuviera de acuerdo; a tener que soportar sus
berrinches. Ella manejó todo, la deprimente misa en la catedral donde solíamos
residir, el velorio gris y fúnebre donde mis padres reposaban dentro de
féretros brillantes y excesivamente costosos y la larga lista de “invitados”
que decidieron pasar con nosotros nuestra pena. Así fue, no me dejó opinar ni
ayudar.
En
aquel entonces no me importó tanto, si quería ser una mandona podía serlo, yo
solo quería recuperar mi vida a como era antes, vivir en aquella vieja pero
pintoresca casa a la que le había entregado todo mi ser, todo mi dinero, todas
mis memorias, pues simbolizaba tanto para mi…
Hay
días en que no logro sacármela de la cabeza (usualmente aquellos donde el olor
es más potente). Siempre trato de tener buenas memorias de ella, pero me cuesta
tanto, aún rememorar lo que hacíamos juntas cuando niñas es difícil, pues todo
se eclipsa al ver nuestro hermoso hogar y lo que ella quería hacer con él.
Siempre quise a mis padres, pero uno simplemente no puede dejar pasar tan fácil
el hecho de que nunca me quisieron como a ella, siempre fue obvio claro, pero
el día en que leyeron sus últimas peticiones… bueno, agregué “arder en el infierno” a la lista de
cosas que indudablemente haríamos todos como familia algún día.
Quizá
me haya tocado solo el 15% de la enorme residencia de mis padres, pero si
alguien se preocupaba por que la edificación siguiera en pie día con día, era
yo. Mi interés rebasaba cualquier fe legal que hubieran podido dar mis padres.
Y lo peor de todo es que Lizzie lo sabía, sabía cuánto era mi amor por ese
lugar. Todo lo que había pasado ahí, mis caídas de niña, mis primeras
pijamadas, mi primer beso, mi fiesta de graduación, el funeral de nana y mi
primer concierto de piano en aquella fiesta navideña, todo. Toda mi vida estaba
ligada a ese lugar.
De
verdad intenté ser buena hermana mayor, lo juro. Quise pagar su parte, que
quizá con mi pobre sueldo de muestra de música parecía algo imposible, pero el
sacrificio, mi sacrificio iba a valer
cada centavo. Quise convencerla de no demoler la casa, ella tenía dinero y
donde vivir, pero no… ella quería destruirla para construir una residencia que
pudiera rentar a un precio costoso.
Quería
engatusarme, hacerme creer que aquello era buena idea pero no la iba a dejar,
yo… tenía que pelear. Y aún ahora
tengo que hacerlo. Ningún hedor por más sulfuroso y penetrante que fuese me
sacaría de allí. Aunque su reflejo me acosara día y noche y no pudiese volver a
dormir tranquila, aprendería a sobrellevarlo y a vivir como siempre soñé. Como
la dueña y señora de ese hogar.
Un
par de tardes después, en mi día libre cuando pretendía enloquecida limpiar mi
cocina, en un desesperado intento por dopar mis fosas nasales como fragancia
frutales artificiales procedentes de los limpiadores y quita cochambres, me
corté furiosamente la parte posterior de mi mano izquierda.
Apenas
las gotas de sangre resbalaban por mi brazo reí ácida e incontrolable pues lo
estaba haciendo de nuevo, me estaba volviendo loca. Giré a la ventana donde
hacia segundos le había visto asomarse y le sonreí complacida.
─Casi
lo logras, Lizzie… pero no me harás querer retirarme.
Mi
risa era cada vez más fuerte. ¿Cortarse mientras se hace una tarea tan sencilla
como limpiar? Vamos, suena a un mal chiste. Esa era la clase de cosas que hacía
reír a mi hermanita.
De
algún modo las gotas de sangre me inspiraron, siempre sucedía así por alguna
razón. Ese era mi momento. Así como así, dejé de lado mi importante tarea, ya
luego tendría tiempo de llenarme la nariz de estopa y algún buen perfume. Ahora
que mi musa me había visitado, debía aprovecharla y hacer lo que mejor sabía
hacer.
Me
dirigí casi alegre al ático. Era una de mis partes favoritas de la casa, lo
había mandado construir antes de la muerte de mis padres y lo había pagado con
mi primer sueldo oficial. Era un capricho, nada más que eso, mas uno nunca sabe
cuándo un lugar lleno de cajas de embalaje podía ser de utilidad, así que me
gustaba pasar mis ratos ahí, es por ello que mi piano estaba en ese lugar.
Una
vez que subí por las escaleras corredizas, me senté frente a mi instrumento y
comencé a tocar una melodía fúnebre pero de alguna forma divertida. Como
aquellas que ponen en los carnavales de terror, melodías que enchinan la piel
por su tono tétrico pero que conservan un poco de la alegría de los payasos y
los juegos mecánicos. Oh si, quizá me ganara la vida enseñando a mocosos
malcriados a tocar martinillo en sus teclados infantiles, pero yo conocía el
nivel de mi talento, algún día compondría las melodías más finas para los
clientes más exigentes, mi música sonaría en orquestas y conciertos enormes. Y
cuando ese día llegara, quizá entonces Lizzie y mis padres aprenderían a
respetarme.
Compuse
una melodía completa, no se decir cuánto tiempo exactamente me llevó estar
sentada frente a mi instrumento, bañando las teclas en mi líquido carmesí, solo
sé que al terminar tenía una obra maestra, un hilo de bilis amarillenta
escurriendo por mi barbilla y que el asqueroso aroma a podredumbre persistía
nuevamente en el lugar. Pero valía la pena, mi música lo valía todo para mí. Y
esa casa era mi más grande musa.
Casi
con fastidio puse mi mirada frente al cofre de madera de encino que estaba al
lado mío, debía de deshacerme de él, pero a decir verdad, ¡que placer me daba
mirarlo después de tocar apasionada el piano!
Juro
por todo lo que alguna vez he querido que si intenté ser buena hermana. Pero
ella empezó con las amenazas, me dio poco tiempo para pensar o decidir. Se lo
dije claramente el día del funeral de mis padres, “de esa casa me sacas solo en calidad de cadáver”. Y se lo repetí
un día antes de su muerte, cuando me advirtió que o me iba ese día, o buscaría
abogados que me sacasen a la fuerza. Se lo repetí mil veces, llorando,
suplicándole que no me obligara a partirle el cuello con un cuchillo, pero ella
era muy necia. Creo que en eso nos parecíamos demasiado. Ella fue quien me
obligó a buscarle un final. Fue ella quien se portó como mala hermana.
Abrí
la pesada tapa del cofre y quite las mantas que cubrían su interior, por
primera vez en semanas el olor a muerte y putrefacción que inundaba mis fosas
nasales era real… tangible, pero menos nauseabundo que antes. Miré entristecida
el cadáver en su interior y acaricie sus cabellos secos y pegajosos. No importa
cuanto lo intentara, cuan loca quisiera verme, no me arrepentía de nada, y si
vivir entre náuseas y sustos de muerte era lo necesario para tener mi musa
activa y mi puesto en esa casa, pues que así fuera.
─Lástima
hermanita, haz los trucos que quieras, si viva no me pudiste a sacar de aquí,
muerta…
Una
última carcajada salió de mis labios antes de cerrar nuevamente la caja de
madera. Un título asaltó mi mente para bautizar a mi nueva obra maestra, fruto
de mis experiencias más recientes.
Para Lizzie.
Hubiera
sido perfecto pues cada nota amarga se sembró en la cólera que me hizo sentir
aquella furcia que yacía en la caja, era una lástima entonces que Beethoven me
lo hubiera ganado ya. Igual le resté importancia, aún tenía mucho tiempo por
delante para darle un buen título a mi obra. Así que sin más apague las luces
del ático y le di las buenas noches a mi hermanita antes de irme a dormir.
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