Negro Azabache No. 746
Odio
el centro comercial.
No
este en particular, odio en general a los centros comerciales.
Dado
que hasta hace poco mi madre y yo vivíamos solos en un mismo apartamento siempre
hacíamos juntos las compras del mes, recuerdo perfectamente las horas terribles
de estar parado esperando a que mi madre escogiera cada santo producto (aunque
siempre eligiera las mismas marcas), además de que casi siempre terminábamos
peleando por tonterías como si fuéramos un matrimonio viejo. Por ende, el simple hecho de saber que se
avecinaba el fin de mes me estresaba de sobremanera pues significaba que mi
calvario era inminente
Hasta
que hace un par de meses atrás descubrí que existía algo peor que ir de compras
con mi madre.
Y
era no tener a nadie con quien ir.
Por
eso y más, detesto estos lugares. Son meollos de recuerdos tristes y
frustrantes, llenos de gente molesta revolviendo los anaqueles y de empleados
que te acosan minuto a minuto a excepción de cuando los necesitas. Pero como todo humano tengo necesidades, y
aunque Sara me ayuda a fungir de guía como en su momento hizo mi madre, la
tarea sigue sin ser fácil. Mucho menos porque en sí, no me gusta del todo que
me vean con ella.
Todos
mis amigos y familiares la conocen, la sensual rubia que desde hace rato “salía”
conmigo. Aunque en realidad, no éramos nada y eso lo sabía también, no
sentíamos nada el uno por el otro, solamente habíamos encontrado satisfacción
sexual como una manera de escapar de nuestras miserables vidas.
Porque
mi vida era miserable.
La
única familia que tenía era mi madre, que ya hace exactamente 107 días había
fallecido de una embolia cerebral gracias a su gusto excesivo por las grasas
saturadas, no tengo un trabajo de puta madre, digo, básicamente pone el pan en
mi mesa (demasiado, a decir verdad) y no está tan mal como para querer darme un
tiro en los sesos cada que me levanto para ir, pero es monótono y simple,
aunque no esperaría más de mi título en contaduría; y en el amor… Sara era lo
más cercano que a mis 29 años he estado de una relación seria y estable, y siendo
honesto, no la quiero ni un ápice.
Ella
estaba igual supongo, sus padres siempre fueron un par de adictos que no les
importó nunca un carajo lo que hiciera su hija o cualquiera de los otros 6 mocosos
que tuvieron, empezó a trabajar desde los 14 y ahora se ganaba la vida como edecán
de una empresa de bajo prestigio por las mañanas y como bartender en un
restaurant bar por las tardes/noches. Estudió solo hasta la secundaria, vivía
en un apartamento maloliente en el sur de la ciudad y tenía un problema crónico
en sus pulmones por fumar como desquiciada.
No,
¿saben una cosa? Ella no está igual que yo, está peor, lo admito. Igual que
admito que es por eso que ella me gusta. A pesar de todo, siempre sonríe, tiene
un excelente sentido del humor que no se le marchita con nada y siempre tiene
algo que decir, y para mejor, no está conmigo por mi dinero, que tengo y mucho,
(si bien mi trabajo no me baña en oro, nunca se en que gastar mi paga, así que
no me queda más que irlo arremolinando en una cuenta de banco, que ella conoce
y que jamás ha intentado tocar).
Y
les diré otra cosa, también cambio eso de no quererle nada, si siento un cariño
hacia ella, nos hemos dado todo los últimos 10 años, sería inhumano no apreciarnos
ni un poco el uno al otro. Pero no es amor, obvio que no. Es algo más parecido
a dependencia sexual insana y afecto compatriota, pero no más, ella siempre ha
tenido una especie rara de fobia al compromiso y un asco maniático al matrimonio,
cortesía de sus padres, jamás me ha hablado de ir a por algo serio, y por otro
lado, la razón de que nunca hubiera podido enamorarme de ella existía, tenía
nombre y esta parada frente a mí, justo en el área a de tintes de cabello.
Esa
mañana como casi a diario, desperté por las cosquillas que me hacia el cabello
dorado de Sara en mi nariz, era muy largo y al haber estado… ocupados anoche,
no se lo había anudado y ahora esta esparcido por toda mi cama. Había llegado a
mi rostro y ya una vez despierto, no iba a pegar el ojo de nuevo hasta la
noche. Vi el reloj, era muy temprano para casi cualquier cosa pero no me
apetecía quedarme en la cama mirándole la espalda fingiendo que me importaba lo
que nos pasara.
Junte
las fuerzas que tenía y me metí a la ducha con el mismo ánimo con el que me
levanté, esperando tener el mismo domingo que siempre, aburrido, sencillo y sin
tener que salir de casa. Pasar el día con Sara viendo películas, hablando de
banalidades y quizá repitiendo la faena de anoche, si se nos antojaba, pero no
iba a ser así, cuando tomé el pote de jabón y noté que estaba vacío, recordé
que la quincena ya me había llegado y que era hora de salir de compras. Aunque
lo odiara.
Sara
lo sabe, sabe que venir aquí me recuerda a los peores momentos que tuve con mi
madre, y de por si el simple hecho de acordarme de ella ya era doloroso. Sabe
que detesto el frenesí de la gente que pasa furiosa entre los pasillos, el olor
a refrigerador y plástico que predomina el área, los niños pataleando enojados
en la fila de pago cuando sus padres les niegan algún chuche y la molesta
música de elevador que ponen entre anuncios de locutores que ni dios entiende
que quieren decir; es por ello que en general ella se encarga de resurtir mi
apartamento, yo voy solo porque necesita mi firma una vez que la tarjeta de
crédito se deslice sobre la caja registradora, de lo contrario esperaría feliz
en el auto. A su manera me apoya, siempre sale con una lista mental de lo que
me hace falta y recoge los suministros a una velocidad que pocas veces se ve en
una mujer, nunca me obliga a quedarme más de lo estrictamente necesario y pocas
veces hace sus compras personales el mismo día.
Supongo
que era su forma de agradecerme. Yo la apoyaba en lo que podía, económicamente
hablando en su mayoría, le pagaba la gasolina cuando iba con ella, me encargaba
de su renta una o dos veces por año y siempre que me hacía de la vista gorda
cuando ponía un par de cosas extras en el carrito de compras. No quito lo
dicho, no es una interesada, jamás me acepta las cosas de buena gana, pero sabe
que todo es parte de una extraña relación donde ambos ganamos algo.
Sin
embargo hoy no pudo evitar quedar interesada en el stand de compresas y
maquillaje que profesaba ofertas al final del pasillo de cuidado personal.
Dejándome un rato solo entre acondicionadores y jabones para la ducha. Hasta
que hace segundos me percaté, que aquella escuálida chica del lindo vestido
marrón frente a mí no era otra más que Perla.
Como
la más fina casualidad se gira a verme al mismo tiempo y me sonríe con
sinceridad. Sin más escapatoria le devuelvo el saludo y me acerco a ella. Esta
diferente. Su rostro esta radiante, llevaba varias joyas en el cuerpo, cosa
poco usual en ella, pero sobre todo, no agacha la mirada al verme.
─Oli…
cuanto tiempo.
Sonrío
ante el comentario. No era mucho en realidad, quizá poco más de un mes, pero
ella y yo solíamos ser muy unidos y en nuestra escala, era casi equivalente a
no habernos visto en años.
─Lo
sé, ¿cierto?─ dejo el carrito de compras de lado y me inclino a besarle la
mejilla─ ¿Qué haces por aquí?
La
sonrisa se le ensancha. ─Solo vine por una caja de tinte, me cansé de mi
cabello, es terriblemente aburrido, ¿No te lo parece? Creo que es buen momento
de un cambio.
Perla
no duda en describirme a detalle como pensaba desaparecer su largo cabello y
dejárselo casi a rapa para después teñirlo. Pero no estaba escuchando ya, me
perdí en su ser. Amo su largo cabello caramelo, era inigualablemente lacio y
delgado, en extremo frágil. Recuerdo cómo solía gastar horas enteras pasando
mis dedos entre sus mechones cuando ella dormía cerca de mí.
Miro
su sonrisa, tan grande y dulce como siempre, pero enmarcada por rubor rojizo
falso, nada que ver con el bello color rosado que se le formaba con solo
mirarme.
“No estará esperándote para siempre”
La
voz de nuestro amigo Javi resuena en mi mente. Sus palabras me dan un ligero
escalofrío. Miro su mano, toma la caja más alta del estante y sonríe aún más.
Miro el producto. Negro azabache #746. Un
cambio muy grande para ella.
─¿Qué
opinas?
Tomo
la salida fácil, me encojo en hombros, soy hombre, seguro no se de esas cosas,
pero rio con seguridad. Ella frunce el ceño momentáneamente y rueda los ojos
antes de volver a sonreír.
─Obviamente,
eres Oliver, tu nunca opinas nada.
Levanto
las manos a forma de rendición, ella me conoce mejor que nadie. Desde que
teníamos 15 años, y siempre hemos sido los mismos.
Recuerdo
que mi madre nos llamaba el gato y la paloma, y eso le encantaba, decía que yo siempre
estaba tumbado en algún lugar de la casa esperando la comida en mi plato y ella
volando buscando lugares mejores, mostrando su belleza por donde iba.
Por
eso jamás fui capaz de decirle que la amaba tanto como ella a mí. Yo jamás fui
bueno para alguien como Perla, con sueños de grandeza y tanta dulzura para
acabar con la maldad del mundo. Yo solo era un torpe con suerte, como decía
mamá, apático y sarcástico, nada romántico ni ambicioso. Haber aceptado que ella
era mi claro destino la habría frenado de todo lo bueno que había logrado.
Soñaba ella con el Pulitzer, con best sellers y publicaciones mundialmente
famosas, con una bella familia y una casa enorme donde albergar muchas
mascotas. Tan diferente de mí y mis ganas de quedarme en mi ciudad de origen,
de no cambiar nada en mi vida, en seguir en lo estático y seguro de mi
universo.
Yo
no la merecía.
La
había hecho sufrir bastante, estuvo más de 15 años esperando a que yo cambiara
de opinión, que aceptara que la quería tanto como ella a mí, que dejara mi
relación nada productiva con Sara y aceptara irme con ella a otro país, pero no
era justo que lo hiciera, ella merecía algo mejor y yo no podía dejar las cosas
con la chica que se había vuelto como heroína para mí. Pero necesitaba saber
que ella seguía ahí, mantener su cariño hacia mí, sentir que alguien me añoraba
y que a pesar de todas mis crueldades iba a seguir incondicionalmente ahí, a mi
lado, esperándome.
Javi
me lo advirtió y no escuché. Finalmente algo en Perla había cambiado.
Sara
llega sin darme cuenta y saluda a Perla, algo hay diferente, ya no la mira con
recelo y dolor, ahora la ve como una amiga más. Conversan un poco sobre las
compras que hizo en el stand de artículos femeninos hasta que repara en la caja
de tinte negro que tiene en la mano.
─Dicen
que cuando una mujer va a hacer grandes cambios en su vida, empieza siempre por
su cabello.
Perla
se encoge en hombros pero me mira con discreción.
─Me
han ofrecido un puesto nuevo como editora en jefe del departamento de finanzas.
Obviamente lo acepté y empiezo la próxima semana en la capital. Se vienen cosas
buenas y un cambio personal es la mejor manera de comenzarlo.
La
felicitamos por la noticia y conversamos un poco más, Sara se adelanta y va a buscar
una fila para pagar, nos deja solos, sabe que lo necesito. Mi garganta se pone
seca y me cuesta respirar.
─Entonces
te vas…
Sonríe
melancólica.
─Nos
hará bien ¿sabes?─ mira a Sara a lo lejos y suspira ─De verdad lo creo. La
calma de la soledad me ayudara a empezar a escribir más y la paga que ganaré
será buena, quizá hasta pueda comprarme el auto que siempre soñé. Siempre
podrás llamarme cuando necesites una amiga y Sara no esté disponible.
Quiero
hablar, decirle tantas cosas. Que la necesito, que le adoro, que nuestras
largas conversaciones en noches lluviosas eran lo que me hacía querer
levantarme algunos días. Pero no puedo hacerlo. Algo me detiene.
Ella
merecía irse, merecía ganar toda la plata del mundo, ser feliz y buscar la
casa, la familia, el jodido auto Lamborghini plateado que soñó desde niña. No puedo
detenerla, además algo me decía que aunque quisiera ya no podría hacerlo.
Ella
me comprende y me regala un fuerte abrazo, se lo correspondo aturdido, respiro
su aroma para no olvidarlo nunca, loción de frutillas mezclado con el olor de
su bálsamo de cereza. Quiero probarlo una última vez, pero no era correcto, no
ahí, no así. Duramos unos minutos que me parecen segundos, hasta que una
gruñona anciana patea mi carrito para que la dejemos pasar.
Nos
movemos y ella termina de despedirse, se va el martes, me comenta, puedo pasar
a verla antes si deseo salir a pasear, le aseguro que sí y continuo hasta
reunirme con Sara, en cuanto llego me mira con lástima y tristeza. Ella lo
sabe, lo notó igual que yo, Perla está diferente, es diferente.
Se
ha quitado el peso más grande que sostenía sobre sus hombros.
Se
ha olvidado de mí, y esta vez, de manera definitiva.
La
tuve que dejar ir, sin pedirle más, sin una segunda oportunidad, la vi
marcharse de mi vida a buscar algo mejor, exactamente la que ella merecía
tener.
Justo
aquí, en el condenado centro comercial.
Thalia D'alto
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